Las moiras ya lo sabían: el destino es un performance divino. El cortar de las tijeras, el vistazo del ojo, los hilos mortales, todo es un teatro monumental para que el ser humano tiemble, para que el espíritu se consagre como límpida doncella al tiempo, para que uno de vez en vez piense en la horrible posibilidad de un futuro, en la consecuencia, en el karma, en la rueda de la vida, en la fortuna, en la mortandad. Pero hay otro tipo de destino, lejano a las parcas y muy probablemente cercano a las leyes físicas del universo, quizá hasta se encuentre a dos milímetros del planteamiento filosófico de las repeticiones funcionales, o de la ciencia del “demonios-otra-vez-tú”. Es lo que se llama “destino recurrente”. La teoría indica que todos tenemos un destino hecho de recurrencias sea con una persona (a la que estamos atados ad infinitum), una acción, una cosa e incluso un simple nombre o palabra, los cuales a lo largo de nuestra vida se nos presentan como una persecución. Así que el hecho de que usted siempre se golpee en la misma rodilla no es casualidad. Tampoco lo es el encuentro eterno con la misma persona o tener los extraños recuerdos persistentes. No. Todo es obra perfecta del destino infernal que, como el día de la marmota, se repite y se repite y se repite.
El destino recurrente no tiene solución. Fingir amnesia o tenerla clínicamente son buenos recursos, pero no eliminan la terrible insistencia del diario encuentro. Aislarte del mundo y huir de la gente tampoco funciona. Eliminar al ente de la recurrencia quizá no sea política, ética o moralmente correcto. Así que, ¿qué hacer? Quizá, como Giovanni Papini y sus historias acerca del Otro, debemos hacer rentable nuestra agonía o domesticar al ente repetitivo que, como una enfermedad incurable, ha venido a trastocar lo que tan limpiamente el demiurgo tenía preparado para nosotros y nuestra vida.




3 Injurias:
Genial.
La condena de repetir, como Sísifo.
Un abrazo y déjate ver
Sin palabras. Con abrazos.
Esto que ahora nos entregas, como siempre muy bien escrito. Me remite a la decisión de hace muchos años, de cambiarme en cada acto de mi presente para que, con esa magia que está detrás de lo que hacemos, cambiar mi pasado y con ello permitirme que ello sea. No le dejo a Dios ya nada.
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