Vallem nescire litteras

18 de julio de 2009

Hacia el sur la muerte

Yo conozco tu entera voluntad,
aquella que desentramas todos los días
para morirte siempre,
para vengarte a cada minuto de los astros,
para matar, quitándoles los pelos, a los niños envidiosos.
Conozco además tu alma acordonada,
la que no me presta paso, la que no deja
entrar al amigo, al hermano, al santo,
alma de llagas invencibles, de tenues eternidades
que persiguen al desertor para llevarlo
a la cúrspide de Sísifo.
Yo sé de tus caminos, de tus fuertes si río,
de tus vestidos sin castillo al aire,
sé de tu vagabunda presencia en todos lados,
y de tu presunción ante las tardes de otoño,
ante la desgracia, ante los laberintos.
Mujer, mujer de gozo y pena, de infantil recuerdo
y de memoria encandilada, no llegues ahora con la dicha
a estos brazos enfermos,
no mitigues con tu voz
estos sueños dormidos,
y no me canses con el eco retumbante del deseo.
Acaso ven, vente para decirme adiós,
para besarme la boca como una mariposa silente
y tocar mi mano vieja con el húmedo musgo de la tuya.
Mujer, huye, ve hacia el Sur,
arrastra a la luna en los hilos de tu ropa,
recrea la noche ansiosa en otros cielos,
ya no aquí, ya no más.
Aquí lo único que queda es rastro de tu sangre,
verde, amarilla, que brota de mis uñas, mi carne,
mis desvelos… Aquí, lo único que permanece
es tu llanto envuelto en maravillas entre mis ojos,
en el corazón anciano,
en las ganas desvanecidas…
Aquí desfallece tu mar, tu canto, y mi triste
capacidad de asombrarme de la vida.


Angélica Maciel