Hace tiempo leí en un libro que es la memoria y la falta de olvido la que ocasiona el estado de vigilia. También leí que la voz no guarda el recuerdo, como la función de la radio, y que, sin embargo, en los libros las palabras quedaban grabadas en la eternidad: "las palabras congeladas de Pantagruel", decía. Esta noche mi memoria se encuentra en una rápida avenida, en un eje central, en un camino sin retorno. No puedo dormir. Siento que las palabras se quedan estáticas en mi mente, como la Reina Roja de Alicia, cuya inmovilidad se debía a su funesta carrera en el tiempo. Hace meses que no probaba un sorbo de café hecho a la medida para perder por un instante la parte ecuánime de la razón. Y hoy, que he probado un trago negro, me doy por desvalida, por inquietante, por noctámbula. Si bien la vigilia es rutina, esta noche es en realidad diferente: hay motivos suficientes para no querer dormir por voluntad. Hay tantas ideas, tantas "palabras congeladas", tanta falta de olvido, tantas emociones, que lo único que me resta es estar aquí, a la letra. El insomnio es a veces una necesidad, como si en él se rehiciera el día minuto a minuto; como si en él la vida disminuyera hasta concentrarse en una sola noche. Es el cosmos nocturno el que sin duda me brinda cierta lucidez, cierta empatía con el mundo, cierta compañía. Es este universo el que en ocasiones construye mi voz, no como aquella que se desvanece en la radio al pasar los años, sino como la de mil ecos que retumban en el alma, como si quisieran elevar sus sonidos para cantar, en medio del silencio oscuro, mi nombre.
Los libros, la lectura y el Estado venezolano
Hace 4 horas




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