En 1974 mi padre compró un Maverick color amarillo. Era un auto deportivo en aquella época, de 8 cilindros, con volante de madera y asientos de una piel ligerita. Tiempo después, en 1979, ese mismo auto cruzó una tormenta para llevar a mi madre al hospital, donde nacería yo en la madrugada del 6 de septiembre. Cuando era niña, yo cabía de pie en la parte trasera del Maverick, y recuerdo colocar mi cabeza en el asiento de mi padre que manejaba con una tranquilidad inaudita. También tengo en la memoria cómo rasqué en mis manías la parte de arriba del forro del auto, donde mi papá finalmente colocó cinta aislante para tapar el agujero que había hecho. Cuando inicié la secundaria, ese mismo coche me llevaría a mi primer día de clases, al segundo, al tercero... así durante tres años, cada mañana. Nunca falló. Lo mismo hizo al llevarme a la preparatoria por otros tres años, todos los días, a las 6 de la mañana. El auto comenzó a ser parte de un juego familiar. Mi hermano y yo solíamos tomar su parte trasera como una resbaladilla, y nos sentábamos, en ocasiones, en el volante, donde imaginábamos partir muy lejos, a miles de kilómetros por hora, huyendo de terribles y viejos dinosaurios. Un día el auto amigo cumplió su primera vuelta al mundo... También se convirtió en un objeto bienamado, no por su materialidad, sino por los tiernos recuerdos que albergaba en toda su constitución. "El amarillo", al pasar de los años, aún viejo y descascarado, se volvió un clásico. Mi padre lo tenía afuera de la casa, y en ocasiones le preguntaban si lo vendía. Él, con su ánimo hinchado, orgulloso, decía que no. Cuando era niña, un día le dije a mi papá que quería que ese coche me llevara a la iglesia, como una princesa, al día de mi boda. Sin embargo, el viejo Maverick prefirió llevarme a un desfile de clínicas y hospitales... Jean Baudrillard cita que los objetos tienen un alma que crea las relaciones con el hombre. Esto es verdad, el auto de mi padre parecía tener un espíritu irrevocable, capaz de adquirir los instantes de cada uno de nosotros.El otro día, ante la nueva etapa de vida de mis padres, ante los vientos fuertes de cambio, mi papá me habló por teléfono. El Maverick se había ido. Quise pensar en ese auto como un simple objeto, como un bien material que se ha vendido, como tantas cosas en el mundo. Pero no pude evitar abrir mi memoria y sentir que algo que pertenecía a la historia de nuestras vidas sería de otra persona. Que quizá regrese a su antigua gloria, es algo cierto, pero que vuelva a tener la esencia de mi familia y que regrese a su vieja función de resbaladilla, eso no será posible. Todos sus agujeros, su color deslavado, su viejo motor, cada parte de ese Maverick 74, sin duda se guardará en mis recuerdos, como los viejos amigos que nunca fallan, aún estando lejos.
Imagen: Mi hermano resbalándose por la cajuela del viejo Maverick




2 Injurias:
Como olvidar ese Maverick amarillo... Todas esas ocasiones en que me llevó a mi casa, a veces ebria, a veces sobria, en los tiempos aquellos que solíamos tocar el firmamento con los dedos...
Abrazos
Es verdad amiga, recuerdo cómo alguna vez viajamos en él en silencio... con ese temor a que nos descubrieran ligeramente aturdidas... Gracias por el recuerdo, un abrazo.
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