Vallem nescire litteras

4 de agosto de 2009

Joyas kitsch de los setenta

Ahora que mis padres se mudan, los objetos que han aparecido en la vieja casa parecen hablar, murmurar, contar historias hasta macabras de un tiempo pasado que nunca, ni en el sueño de la ficción, podrá volver. Es reconocida mi fascinación por las instances muettes, como Francis Ponge denominaba a los objetos, pero también es sabida la extraña contemplación que me provocan... Así, los objetos desterrados de la casa ha acaparado la mía, acumulándose sin hallar un espacio preciso, pero encontrando su función utilitaria: significar las horas en que en ellos mi pensamiento y memoria se apasionan. Entre libros, vajillas, juguetes y utensilios de diversa índole, uno de ellos ha llamado mi atención: un viejo reloj de banderolas que rescatamos de ser apresado por la bestialidad del reciclaje. La radio del reloj funciona, pero el marcador del tiempo se ha quedado para siempre en las 12:48, no sabemos si del día o de la noche, tampoco sabemos cuál fue el último evento que anunció, o si en el afán de su existencia, simplemente se dejó morir. También hallamos una cámara "de estómago", una verdadera reliquia que jamás volverá a ser útil, puesto que la película no se hace más. Esta cámara se colocaba en la panza para desde allí bajar la mirada a través del lente y enfocar el rostro de la musa para tomar la fotografía... Esa era de mi mamá, y algunas fotos aún permanecen en los viejos álbumes de la infancia. Es una Duaflex II, de Kodak.

Sin embargo, lo más significativo son los libros... Todo lo que usted quiso saber del sexo y temía preguntar, es una verdadera joya setentera; o qué tal el extraño libro ¿Quiere usted comer bien?, donde se defiende la comida naturista y vegetariana, pero con delicadas notas carnívoras como la preparación de un conejo en almendras, o el fiambre de ternera, o las chuletitas de cordero en bechamel... Mi favorita es la abierta obra de 1976 acerca de La educación sexual, donde las imágenes están llenas de comunas hippies: encuerados y saltando con flores en las manos, a través de un campo enorme, con las partes pudendas (diría mi abuelo) también al aire.

Los objetos retratan la cultura del hombre, sus necesidades a través del tiempo; ilustran la magia del consumo, las absurdas ideas del ser humano... su poder, su carácter, su razón. Ahora mi casa es una máquina que atraviesa épocas para detallar el pasado. El librero que ha quedado en la sala, retrata enciclopedias reunidas por mi padre durante años... Mi favorita es una Salvat, de pequeños temas ilustrados, de cien volúmenes. Hoy me siento como Yambo, en busca de mi propia llama para recobrar la memoria; me siento justo como ilustra el libro de Eco, con la extraña sensación de vacío en el píloro, en busca de mi reina Loana.


3 Injurias:

silvestre dijo...

Cómo a veces, sólo a veces, cuando permitimos que ese todo que somos sea, nos conectamos con el que ahora ha crecido gracias a lo realmente vivido y entonces entramos a momentos nuevos que parecen sólo viajes al pasado íntimo. Pero que sin duda no son nadamás un alto en el camino, sino nuevos pasos enriquecidos.
Cuando la conexión con lo que sigue siendo niño en uno, no sé si en otra dimensión o qué, cuando eso se da; y de alguna manera sentimos que sigue vivo, cuando nos conectamos con las cosas extrañables y con los amores que les son connaturales; cuando nos conectamos con todo eso que huele a nostalgia y está vivo en las entrañas, estamos frente a esos momentos que son una invitación a abrir de verdad la puerta a los cariños.
Gracias por el escrito.

Jabberwock dijo...

Silvestre:
Es una hermosa reflexión lo que has escrito, gracias por ello. En efecto, es una conexión entrañable cuando un objeto nos sonríe en nuestro pasado, cuando nos cuenta la historia completa y que nos era desconocida... Es también verdad que es un alto en el camino porque indica un cambio, un adiós, una verdad descubierta. Gracias por tu comentario y lectura.

JLD-Jaime dijo...

Exelente...... no tengo palabras